domingo, 24 de noviembre de 2013

LAS MINAS DE ALMADÉN

MATERIA

Cómo transformar la mina de mercurio más grande del mundo en una huerta

  • Las tierras más afectadas por mercurio de España, en las antiguas minas de Almadén, pueden ser usadas como campos de cultivo sin ningún riesgo para la salud, según un estudio
Las minas de Almadén se extienden a la izquierda de esta imagen aérea tomada en 2006, antes de la rehabilitación de la zona. En el extremo derecho pueden verse las primeras casas del pueblo. En torno a la zona minera se encuentran los campos que ha estudiado el equipo del Ciemat / Google Earth

Era 1992 y Chernóbil seguía contaminado por el peor accidente nuclear de la historia. Grupos de investigadores de todo el mundo se habían trasladado a Ucrania para emprender los trabajos de descontaminación. A unos dos kilómetros del reactor nuclear reventado, en una zona agrícola contaminada, una bióloga ambiental española enfundada en un traje de plástico blanco se disponía a hacer uno de los experimentos más importantes de su vida. A su lado había varios tapices de vegetación enrollados, no muy distintos de los que hoy se usan para tapizar los campos de fútbol. En este caso la vegetación era una mezcla de plantas idónea destinada a chupar todos los componentes radiactivos que pudiera. Tras varios experimentos, aquella investigadora se convenció de que su experimento era un éxito.
“En algunos casos llegamos a limpiar el 90% de la contaminación de los campos”, relata Rocío Millán, aquella bióloga ambiental que estuvo en Chernóbil. Hoy Millán se enfrenta a una zona contaminada no menos colosal que la de Ucrania: la mina de mercurio más grande del mundo. Para llegar a ella no ha tenido que moverse demasiado: la explotación está en Ciudad Real, pegada al pueblo de Almadén, en el que viven unas 6.000 personas.
De las minas de Almadén ha salido un tercio de todo el mercurio que se ha consumido en los 200.000 años que lleva el Homo sapiens sobre la Tierra. La historia del mercurio está pegada a la de los hombres y Almadén ha sido su principal fuente desde los albores de la historia. Los romanos lo usaban para hacer fuentes plateadas o pintarse los labios, los alquimistas medievales para intentar transformar el plomo en oro y los niños de los 80 lo llevaban en sus heridas como una inconfundible mancha roja de mercromina.
Los ríos contienen hasta 800 veces mas mercurio del recomendado para la fauna
Dos mil años de minería han convertido a Almadén en “el lugar más afectado por mercurio de España”, resume Millán, que dirige el grupo de Conservación y Recuperación de Suelos del Centro de Investigaciones Energéticas, Medioambientales y Tecnológicas (Ciemat). Los suelos superan “casi de forma sistemática” los niveles aceptables de contaminación y algunos ríos contienen 800 veces más metal del aconsejable para la vida acuática, según algunos estudios. Todo esto hace aún más sorprendente el empeño que Millán mantiene desde hace más de una década: demostrar que estas tierras abrasadas por la minería pueden transformarse en un feraz campo de cultivo.

Almadén en Madrid

Todo comenzó en 1999, cuando el mercurio ya no era el que era. Los niños ya no llevaban las rodillas rojas de mercromina, los termómetros eléctricos ganaban terreno y los boxeadores ya no metían este metal dentro de sus guantes para aumentar el impacto de su pegada (un tongo habitual en otros tiempos). Para colmo, la Unión Europea comenzaría en unos años a trazar el plan para prohibir la exportación de mercurio. En otras palabras, la mina de mercurio más grande del mundo debía cerrar. Los propietarios de la explotación, Mayasa, una empresa pública, contactaron a Millán para que explorase formas de darle valor al suelo minero. Millán comenzó entonces un largo proyecto de investigación que le llevó a reproducir, en un invernadero de Madrid, un pequeño Almadén.
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La investigadora del Ciemat Rocío Millán extiende un rollo de vegetación para rehabilitar terrenos contaminados en Chernóbil /

Una leyenda dice que Abderramán tenía una fuente de mercurio. Este metal es tan denso que hace flotar las cosas más pesadas. Con sorna, el emir de Córdoba les decía a los acusados de un crimen que tirasen una piedra a la fuente. “Si se hunde eres inocente y si flota, eres culpable”, les decía Abderramán según la leyenda, recuerda Millán, una experta en la larga historia de las minas de Ciudad Real. Durante siglos la explotación estuvo ligada a la corona española. En Almadén se extraía el mercurio en grandes hornos donde se calentaba el cinabrio, el mineral que lo contiene. A algo más de 30º el mercurio se evapora y luego vuelve a condensarse formando el característico líquido azogado que al expandirse marca la temperatura en un termómetro. De los hornos salía un torrente de mercurio que era temido por los presos de la época. “Había un túnel que unía la cárcel con las minas, así que decían que el que entraba en Almadén no volvía a ver al luz del sol”, relata Millán.
El mercurio ha servido para casi todo, desde curar heridas a hacer tongo en el boxeo
No es sorprendente que fuese aquí donde se tuvieran las primeras noticias de los  potentes efectos neurotóxicos del mercurio en las personas. En el siglo XVI, Mateo Alemán, enviado especial de Felipe II, describió la intoxicación por mercurio, que provoca entre otras cosas los temblores y movimientos espasmódicos conocidos como el baile de San Vito. “Es como un dolor de muelas en todo el cuerpo”, resume Millán
La volatilidad del mercurio lo hace un enemigo temible. Una vez vaporizado viaja por la atmósfera y vuelve a posarse en las plantas y el suelo. Un cambio químico lo hace asimilable por los organismos y especialmente afín a todo lo vivo. El metal se acumula en los organismo a lo largo de la cadena alimentaria por lo que el mayor riesgo lo tienen los depredadores de mayor tamaño. En el mar, los atunes y los tiburones son los que más mercurio pueden acumular. En Tierra, el ser humano tiene todas las papeletas para intoxicarse. El metal es especialmente nocivo para los fetos, lo que contribuyó a que en 2005 la UE lanzase su estrategia para limitar su uso.

24 platos de lentejas al día

El trabajo de Millán era analizar si la enorme finca de 9.000 hectáreas en la que estaban las minas y en la que presumiblemente se habían depositado grandes cantidades de mercurio (en Almadén se alcanzan los 40 grados en verano) era apta para el cultivo. En su invernadero de Madrid, una gran caseta de cristales traslúcidos en la que cabrían tres todoterrenos aparcados uno detrás de otro, Millán lo ha demostrado. A la izquierda hay cinco cubos de metal que contienen una tonelada de suelo de Almadén cada uno. El grupo de investigación que dirige Millán lleva plantando en ellos desde hace años, rotando los cultivos y analizando las hortalizas que crecen en este Almadén en miniatura.
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Rocío Millán, a la derecha, junto a un gran bloque de cinabrio en Almadén. El mercurio se extrae de bloques como este, que se trituraban y calentaban en hornos para extraer el mercurio / R.M.

“Hemos demostrado que si plantas garbanzos o lentejas en esta zona, su contenido de mercurio es tan bajo que alguien tendrías que comerte 26 platos al día para notar un efecto a lo largo de tu vida”, resume Millán. En el caso de las berenjenas habría que comer 200 gramos al día y en el de la cebada, beberse 12 litros de cerveza al día, según los estudios del equipo. Parte de estos cálculos salen ahora publicados en la revista Environmental Research bajo el título “¿Puede una mina abandonada de mercurio ser cultivada?”.
La población de almadén tiene uno de los niveles de mercurio más altos de España
La respuesta es que en los terrenos analizados, todos dentro del recinto de Mayasa en Almadén, se puede plantar forraje e incluso verduras para consumo humano. De hecho las semillas y los frutos como la berenjena parecen tener menos cantidad de mercurio que los tallos de las plantas, según el trabajo de Millán. Sus estudios, señala, podrían servir tal vez para reconvertir el uso actual de terrenos en las fincas de Almadén, una zona de dehesas de gran belleza que actualmente está rodeada por un panorama humano más sombrío.
En 2004, el parón total de la actividad minera en Almadén aumentó la tasa de paro hasta el 60%. La zona perdió el 30% de su población y, de más de 1.000 trabajadores de las minas, sólo quedaron 119, entre los que están los actuales guías del actual Parque Minero de Almadén. En reconocimiento a su importancia histórica, este enclave fue nombrado Patrimonio de la Humanidad en 2012.

Faltan datos

Millán cree que el cultivo en las zonas mineras podría reavivar la economía de la zona. Sin embargo la decisión no es suya, sino de la empresa pública Mayasa, que ha pasado de ser un emporio minero a una explotación agrícola y ganadera que también saca algo de beneficio haciendo quesos y organizando monterías. “Por ahora solo plantamos veza, avena y maíz como forraje para la ovejas y las vacas de la finca en unas 300 hectáreas”, explica Javier Carrasco, uno de los responsables de Mayasa, y añade que “tal vez en un futuro podría cultivarse otras cosas”.
“Es un estudio muy necesario, que da seguridad”, opina Pablo Higueras, catedrático en la Escuela Universitaria Politécnica de Almadén, perteneciente a la Universidad de Castilla-La Mancha. Higueras no ha participado en el trabajo, pero lleva tiempo analizando la contaminación por mercurio en la zona y sus efectos en la salud de los almadenses. Aunque los habitantes de este municipio tienen niveles de mercurio acumulado más alto que en el resto de la Comunidad y “uno de los más altos de España”, por ahora no se ha podido demostrar que esto tenga efectos en su salud, comenta Higueras. El investigador reclama que se haga un gran estudio sobre Almadén, sus niveles de contaminación y los registros de la salud de sus habitantes para estar completamente seguros de que las personas que viven en esta zona no corren más riesgos de sufrir ciertas enfermedades.
Es algo muy parecido a lo que reclama Millán desde el Ciemat, que lleva años empalmando pequeños proyectos de investigación para costear sus estudios en la zona. “Este sitio es como un gran laboratorio natural”, opina Millán. “Se tendría que estudiar mucho más, coordinar desde el Ministerio de Sanidad y el de Medio Ambiente un plan de monitorización ambiental, porque solo hay estudios puntuales de la población y nos hace falta algo más organizado y eficaz”, añade. Pero Almadén no es Chernóbil. “Cuando voy a congresos y hablo de ese lugar, muchos españoles no saben ni dónde está”, reconoce Millán.


El consumo de cangrejos de río y los niveles de mercurio

En 2011 salió a la luz el estudio más reciente sobre cuánto mercurio acumulan en su cuerpo los habitantes de Almadén. El trabajo midió la concentración de mercurio en el cabello de los almadenses. Los resultados mostraron que estos castellano manchegos tenían niveles más altos que el resto de habitantes de su comunidad y que estaban ligeramente “por encima de los niveles fijados por la OMS [Organización Mundial de la Salud] como seguros”, explica Pablo Higueras, uno de los autores de aquel trabajo. “Los límites de la OMS son muy conservadores y no implican riesgo real, de hecho mucha gente, entre el 10% y el 20% de la población en algunos casos, supera esos límites”, explica el experto. “En zonas de minas de mercurio de China o el Amazonas la población acumula más mercurio y en Almadén esperábamos encontrar niveles superiores”, explica Sergi Díez, coautor del trabajo e investigador del Instituto de Diagnóstico Ambiental y Estudios del Agua, del CSIC. El principal factor para sus niveles de mercurio era el consumo de pescado, como en el resto de españoles, pero en Almadén había una aportación extra que se debía a las minas y su cercanía, asegura el trabajo.Por ahora no hay datos que permitan relacionar ese exceso de mercurio y alguna enfermedad, algo que “sí está demostrado”con los antiguos trabajadores de la mina, que sufrían más riesgo de enfermedades cardiovasculares y renales, explica Higueras. En estudios anteriores su equipo había apuntado a los cangrejos de río y los espárragos de la zona, que contenían niveles de mercurio altos. Según el experto estos dos alimentos, sobre todo el primero, podrían explicar el exceso de mercurio que registran los almadenses. “Son valores no preocupantes, pero habría que confirmar que no se traducen en un impacto en la salud”, opina Higueras.

ACCIDENTE DE FUKUSHIMA

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“Todos los días muere una persona como consecuencia del accidente de Fukushima”

Yotaro Hatamura durante la rueda de prensa ofrecida en la sede de la Fundación Ramón Areces / Fundación Ramón Areces
Yotaro Hatamura fue presidente de la Comisión de Investigación sobre el accidente en las centrales nucleares de Fukushima. Hoy, invitado por la Fundación Ramón Areces, ha estado en Madrid explicando su visión personal sobre lo aprendido. Algunas de sus conclusiones pueden ser alarmantes, aunque quizá no por las razones que cupiera esperar. Hatamura ha afirmado hoy que unas 750 personas murieron por culpa del accidente durante el año y medio posterior a la catástrofe nuclear que sobrevino tras el tsunami que arrasó Japón en 2011. En los seis meses posteriores, según Hatamura, “aún muere una persona al día como consecuencia del accidente de Fukushima”. Pese a lo que la intuición pudiese decir, el profesor de la Universidad de Tokio aclara que no se ha comprobado que ninguna de esas muertes haya sido provocada por la radiación. “Mueren porque no pueden volver a casa”, ha asegurado.
Hatamura ha afirmado que estas personas están recibiendo indemnizaciones del Gobierno, pero no ha sido capaz de concretar cuáles son los motivos por los que estas víctimas de Fukushima han percibido sus compensaciones, lo que demuestra la escasa información que aún persiste sobre este desastre. “Son cambios generales en la fisiología que no están determinados”, ha dicho de manera críptica atribuyendo el mal al hecho de que están fuera de sus hogares. En general, Hatamura ha puesto énfasis en la gravedad del accidente nuclear de Japón y en el hecho de que está lejos de poder considerarse resuelto, pero ha señalado como principal problema para la salud al estrés psicológico que causó la catástrofe.

Los riesgos de la nuclear

Este estrés ha cambiado la forma de los japoneses de ver la energía nuclear y es posible que, según Hatamura, transforme la forma de producir y consumir electricidad en el país. “La gente aún no puede volver a sus casas y no sabemos cuándo podrán hacerlo”, explica. Además, el profesor duda de que sea posible volver a producir energía en Fukushima. No obstante, cree que con el paso del tiempo y cuando se tenga que optar entre una electricidad escasa y el riesgo de la nuclear, las opiniones quizá varíen. En cualquier caso, cree Hatamura, lo que es imprescindible es que, si se va a seguir desarrollando la energía nuclear, se haga teniendo en cuenta que tiene riesgos. “El Gobierno siempre dijo que era del todo segura y el accidente hizo patente que esto no es así”, ha aseverado. “Entonces la gente creyó al Gobierno sin pensar por sí misma porque era la opción más fácil, y eso no debería ser así en el futuro”, ha añadido. “Además de prepararnos para evitar catástrofes, deberíamos prepararnos para actuar en caso de que sucedan, algo que no se hizo en Fukushima y perjudicó la gestión del accidente”, ha añadido.
Por último, Hatamura ha afirmado que en su opinión, entre las lecciones de Fukushima no se encuentra la necesidad de endurecer la regulación sobre las centrales nucleares. “La regulación, pese a lo que mucha gente piensa,  no es lo mejor para lograr seguridad”, ha opinado. Y ha insistido en la necesidad de una sociedad crítica como requisito para poder contar con un sistema de generación de energía razonable que asuma los riesgos que sean necesarios, pero sabiendo que la seguridad absoluta no es posible.

CASO FUKUSHIMA JAPÓN

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ENTREVISTA | Makoto Watanabe, ingeniero nuclear japonés

“Fallamos en Fukushima”

ENERGÍA NUCLEAR

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Un mapa muestra la huella de las bombas atómicas en España

Investigadores españoles revelan el rastro del cesio-137 liberado por los ensayos con armas nucleares y, en menor medida, por Chernóbil

Mapa del cesio-137 depositado en España
Mapa del cesio-137 depositado en España, en becquerelios por metro cuadrado. Los autores indican también la ubicación de las centrales nucleares. / Ángela Caro et al.

Entre 1945, cuando EEUU detonó la primera bomba atómica en Alamogordo, y 1996, cuando China llevó a cabo su último ensayo, el ser humano ha explosionado unas 2.000 bombas nucleares, casi de cualquier manera imaginable: colgando de globos aerostáticos, flotando sobre barcos, en el último piso de una torre, a 600 metros bajo el agua, en túneles, en agujeros a 2.400 metros bajo tierra, desde aviones, en la estratosfera. Y esta obscena traca atómica ha dejado su rastro radiactivo por todo el planeta, incluida España.
Un grupo de científicos ha elaborado ahora el primer mapa que muestra dónde está depositado el cesio-137 resultante de las explosiones. Las zonas más bañadas por este elemento radiactivo fueron regiones de Pontevedra, Ourense, Asturias, Vizcaya y Guipúzcoa, pero no hay ningún riesgo. Los autores del mapa describen concentraciones de entre 251 y 6.073 becquerelios por metro cuadrado en España. Según los criterios delComité Científico de Naciones Unidas sobre los Efectos de la Radiación Atómica, una región se considera contaminada cuando presenta niveles de cesio-137 por encima de 37.000 becquerelios por metro cuadrado.
“En España hay cantidades bajísimas”, subraya Ángela Caro, del Centro de Investigaciones Energéticas, Medioambientales y Tecnológicas (Ciemat) y principal autora del mapa. Su equipo ha medido la actividad del cesio-137 directamente en 34 puntos del suelo del país y ha revisado mediciones parciales anteriores. Además, los científicos han consultado las bases de datos de precipitaciones de 778 estaciones meteorológicas en las décadas de 1950, 1960 y 1970, ya que la lluvia desempeña un papel fundamental en la deposición del cesio-137 y otros elementos radiactivos. Este cóctel de datos se metió en dos programas informáticos diferentes para corroborar los resultados.

Freno en los Pirineos

“El conocimiento detallado de la cantidad de cesio-137 que hay depositado en el suelo nos permitiría, en caso de un accidente con fuga radiactiva, calcular mejor sus dimensiones y establecer medidas para remediar los efectos”, explica Caro. El Consejo de Seguridad Nuclear, guardián del sector atómico en España, ha financiado el mapa.
En Noruega todavía hay renos y ovejas contaminados por el cesio-137 de Chernóbil
“Por otro lado, estos datos sirven para hacer estudios de la erosión del suelo, observando la evolución de la cantidad de cesio-137 a lo largo de los años”, detalla. Caro ya publicó en 2011 un avance de este mapa, mucho más básico.
El cesio-137 depositado en España procede fundamentalmente de las 500 bombas nucleares estalladas en la atmósfera por EEUU (200), la Unión Soviética (200), Francia (50), Gran Bretaña (20) y China (20). Muy poca cantidad es atribuible a la nube radiactiva formada en 1986 tras el desastre en la central nuclear de Chernóbil, que prácticamente se frenó en los Pirineos. Otros países tuvieron menos suerte con el régimen de viento y lluvias. En Noruega, 25 años después del accidente atómico de la URSS, las autoridades siguen descartando en los mataderos ovejas y renos demasiado radiactivos, al alimentarse de setas y líquenes contaminados por cesio-137.


¿De dónde procede la radiación que recibimos?

El 80% de la radiación que recibe una persona proviene de fuentes naturales, como los rayos cósmicos y el gas radón del subsuelo, segunda causa de cáncer de pulmón en muchos países. Casi el 20% restante procede de pruebas médicas, como radiografías, escáneres y exploraciones de medicina nuclear. Solamente un 0,2% estaría vinculado a las partículas radiactivas, como el cesio-137, liberadas por la explosión de bombas atómicas. Y un 0,1% se puede atribuir al accidente de Chernóbil. Finalmente, un 0,01% es achacable a la actividad de las centrales nucleares, siempre según las cifras del Comité Científico de Naciones Unidas sobre los Efectos de la Radiación Atómica.
En su estudio, publicado en Journal of Environmental Radioactivity, los autores del mapa del cesio-137 en España sostienen que es “interesante” medir la cantidad de este elemento en el suelo porque “ha sido ampliamente distribuido debido a la lluvia radiactiva y no debe ignorarse su contribución a la dosis de radiación que reciben las personas”.

CONTAMINACIÓN EN SABIÑANIGO


Uno de los lugares más contaminados por pesticidas del mundo está en España



Una sopa tóxica de 4.000 toneladas amenaza a uno de los principales afluentes del río Ebro, según un estudio del Gobierno de Aragón que mide la catástrofe medioambiental causada por los vertidos ilegales de una fábrica de insecticida
Un técnico examina la fábrica abandonada de Inquinosa en Sabiñánigo (Huesca)Ampliar
Un técnico examina la fábrica abandonada de Inquinosa en Sabiñánigo (Huesca) / Jesús Fernández

“Es el lugar perfecto para rodar una película gore”, resume con rabia Jesús Fernández. Este geólogo es una de las pocas personas que han entrado en los últimos años en la fábrica abandonada de Industrias Químicas del Noroeste (Inquinosa), en el pueblo de Sabiñánigo, al pie de los nevados Pirineos oscenses. Es un lugar de pesadilla. Su equipo entra en las instalaciones con trajes Tyvek, de protección química, y bombonas de oxígeno, para poder desplazarse entre cientos de bidones con residuos tóxicos. La escena parece sacada, efectivamente, de una película de ciencia ficción apocalíptica, “pero no hay que dejarse engañar por las fotografías, porque lo peor está bajo el suelo”, alerta Fernández.
Localización de Sabiñánigo (Huesca)

Entre 1975 y 1989, Inquinosa fabricó miles de toneladas del pesticida lindano, entonces usado como insecticida sobre semillas de cereales y hoy prohibido en todo el mundo por su extremada toxicidad para el ser humano y para el medio ambiente. Sin escrúpulos y sin autorización administrativa, la empresa española tiró en ese tiempo entre 115.000 y 160.000 toneladas de residuos tóxicos de la producción del pesticida en dos vertederos de Sabiñánigo, según ha calculado ahora un equipo de técnicos del Gobierno de Aragón del que forma parte Fernández. Con estos nuevos datos el lugar es, según certifica el geólogo, “uno de los lugares más contaminados por pesticidas del mundo, junto con algunas plantas de India, Rumanía y Brasil”.
Algunos de estos residuos eran líquidos y unas 4.000 toneladas de sopa densa y tóxica permanecen repartidas entre los dos vertederos. Es un puré venenoso formado por restos de la fabricación del lindano, como benceno, clorobencenos, clorofenoles y HCH. Poco a poco, esta sopa se filtra y emponzoña los acuíferos bajo los vertederos, constituyendo “una seria amenaza para el medio ambiente”, según los técnicos del Gobierno de Aragón.
El vertedero de Bailín, sellado y cubierto por algunos árbolesAmpliar
El vertedero de Bailín, sellado y cubierto por algunos árboles / Jesús Fernández
El río Gállego pasa cerca de estas bombas de relojería en su camino hacia Zaragoza, donde desemboca en el Ebro, el río con más agua de España. “Hemos hecho estudios sobre qué pasaría si esta fase densa llega al río Gállego y la conclusión es que no puede llegar de ninguna manera, porque sería inasumible”, alerta Fernández. Sería un desastre medioambiental sin precedentes.
Desde 2004, los técnicos del Gobierno de Aragón han conseguido extraer mediante bombas neumáticas 20 toneladas (unos 20.000 litros) de esta sopa densa filtrada a las aguas subterráneas. Extraen el líquido a una profundidad de hasta 40 metros con extremo cuidado, porque algunos de sus componentes químicos para colmo son muy inflamables.

Puro veneno

“20.000 litros puede parecer poco, pero un litro de esta sopa es capaz de inutilizar un hectómetro cúbico [mil millones de litros] de agua, según los valores normativos. 20.000 litros podrían haber contaminado toda la reserva hídrica de Aragón durante 15 años”, advierte el geólogo. Esta sopa tóxica se envía a Francia, donde se destruye en una incineradora especializada.
El proceso de limpieza es un infierno y, a causa de la crisis económica, va muy lento. “Tenemos dos opciones: o esconder los residuos debajo de la alfombra o destruirlos. Yo defiendo que construyamos una planta incineradora en Sabiñánigo para destruirlos, porque es una tecnología que da garantías absolutas y porque es infinitamente peor tenerlos como los tenemos. No podemos estar años con unos vertederos que están goteando”, opina Fernández, del Servicio de Control Ambiental del Gobierno de Aragón.
Dos operarios manejan un bidón con residuos líquidos peligrosos de InquinosaAmpliar
Dos operarios manejan un bidón con residuos líquidos peligrosos de Inquinosa / Jesús Fernández
La incineradora, calculan, costaría unos 100 millones de euros, a los que habría que sumar otros 100 millones en labores de restauración para devolver el ecosistema a su estado natural. El Gobierno de Aragón no tiene ese dinero. “Es un problema económico, tendríamos que conseguir financiación fuera”, señala.
En el desastre ecológico de Sabiñánigo, el principio “quien contamina, paga” ha sido ultrajado. El dinero de la limpieza tendrá que salir de los bolsillos de los contribuyentes. La historia de este descomunal vertido tóxico es ignominiosa. El 25 de mayo de 1987, la Asociación para la Defensa del Pirineo Aragonés denunció la contaminación de Inquinosa, mostrando a la prensa que alevines de trucha morían ipso facto en aguas cercanas a un vertedero, pero no aguas arriba. Los directivos entonces no dieron la cara.

Los ecologistas, detenidos

El 15 de marzo de 1989, seis mujeres activistas de Greenpeace, procedentes de varios países, saltaron las vallas de uno de los vertederos y algunas de ellas consiguieron encadenarse a un camión que transportaba residuos tóxicos. La Guardia Civil llegó y se las llevó detenidas. Greenpeace presentó entonces una querella criminal contra los directivos de Inquinosa por el “gravísimo riesgo” que suponían sus vertidos. Mucha gente del pueblo salió en aquella época a defender a la fábrica de pesticidas, porque daba unos 70 puestos de trabajo. “Debían de ser los que más cobraban de Sabiñánigo”, recuerda Fernández. Los extrabajadores cuentan que a veces salían de la fábrica con residuos tóxicos líquidos transportados en una cisterna con fugas. Cuando llegaban al vertedero, la cisterna ya estaba vacía.
El responsable del vertido siguió produciendo el pesticida en una fábrica de Rumanía
Tras la campaña ecologista, la Audiencia de Huesca condenó en 1994 al director gerente de Inquinosa, Jesús Herboso Pajarrón, a una pena ridícula de dos meses de cárcel y un millón de pesetas de multa como responsable del vertido, que se ejecutaba sin autorización administrativa. La sentencia absolvió al director de la planta, José Manuel Cuartero.
Herboso Pajarrón llegó entonces a un acuerdo comercial con la empresa estatal rumana Oltchim para seguir fabricando lindano en Rumanía, de nuevo lejos de cualquier preocupación medioambiental. Y, en 1998, vendió el 50,1% de las acciones de Inquinosa International por 1,8 millones de dólares a JLM, una empresa química con un historial de violaciones medioambientales en sus fábricas de EEUU.
En un informe oficial del Gobierno mexicano (pdf), elaborado en 2004, Inquinosa aparecía como el mayor productor de lindano del mundo desde su escondite en Rumanía y la empresa todavía aseguraba que el pesticida no era un contaminante orgánico persistente. En 2003, un juzgado de Huesca había sentenciado a Inquinosa a pagar 6,5 millones de euros de indemnización tras una demanda civil del Gobierno de Aragón en 1996 por los daños ambientales en Sabiñánigo. Pero el dinero todavía no ha aparecido. Inquinosa se ha esfumado.

Vertidos sin control

“Esa cantidad nos la hemos gastado ya varias veces”, reflexiona Fernández, que en un ejercicio de transparencia poco habitual publica los resultados de siete años de estudios
en la revista científica Environmental Science and Pollution Research. El trabajo también está firmado por el ingeniero de montes Carlos Cacho, jefe del Servicio de Control Ambiental del Gobierno de Aragón, y por Miguel Ángel Arjol, técnico de la empresa pública Sodemasa.
Inquinosa no ha pagado nada, aunque harán falta unos 200 millones de euros para descontaminar la zona
Cuando Inquinosa comenzó a fabricar lindano en 1977, volcaba sus residuos tóxicos directamente en el vertedero del pueblo, el vertedero de Sardas, donde iban a parar también las basuras y los escombros de construcción de Sabiñánigo. El vertido se hacía sin ningún tipo de medida de control, como la impermeabilización del suelo para que los residuos no acabaran en los acuíferos subterráneos. En 1984, Inquinosa comenzó a verter en un nuevo vertedero municipal, el de Bailín. Ambos, Sardas y Bailín, están a pocos cientos de metros del río Gállego. Entre 1995 y 1997, los dos vertederos se clausuraron y se aislaron de manera superficial.
Ahora, para solucionar el goteo tóxico hacia los acuíferos, las autoridades han construido un nuevo vertedero bien impermeabilizado al que van a trasladar los desechos de Bailín. El movimiento se llevará a cabo entre mayo y octubre de 2013, si no hay complicaciones. Las obras costarán 19 millones de euros. El vertedero de Sardas se quedará como está, goteando. Desde 2005, las arcas públicas han desembolsado 1,5 millones de euros cada año para minimizar las fugas tóxicas en Bailín y otros 500.000 euros anuales en Sardas. Pero todas estas actuaciones son, básicamente, parches, hasta que aparezcan los 200 millones de euros que permitan descontaminar de verdad la zona. Porque quien ha contaminado, no ha pagado.